jueves, 11 de febrero de 2016

MANTENER LA ESPERANZA: RECONOCIENDO A LAS BUENAS PERSONAS

Psique&Salud: Reflexión Semanal
MANTENER LA ESPERANZA: RECONOCIENDO A LAS BUENAS PERSONAS
Por María Antonieta Campos Badilla

Una de las dificultades que pueden enfrentarse después de un abuso sexual, tiene que ver con desarrollar la capacidad de volver a confiar.  Abrirse a la posibilidad de encontrar personas buenas en nuestro camino. Y es difícil saber discriminar quién quiere nuestro bienestar y quién no.

Muchísimas de las personas que conocemos no son las personas indicadas para compartir nuestra intimidad. Algunas son buenas personas, pero, simplemente, no llevan un camino compatible con el nuestro. Otras personas no tienen intenciones buenas hacia nosotros y eso es necesario reconocerlo. Pero otras personas, las menos, sí calzan y sí son buenas.

En el mundo hay personas buenas, hombres y mujeres que quieren establecer vínculos de pareja sanos, positivos y duraderos.

Creo que uno de los primeros pasos para lograr identificar a estas personas es crear los límites personales:
  1. Es necesario definir quiénes somos y cuáles son nuestras expectativas de la vida en pareja
  2. Es importante poner límites que digan claramente lo que permitimos y lo que no
  3. Es necesario fortalecernos con el cuidado de otros y con un estilo de vida digno y transparente
  4. Es necesario discriminar quién es bueno
  5. Las personas buenas que nos rodean siempre son suficientes. ¡No necesitas a nadie más! y las personas que quieran ingresar a tu círculo deberán esforzarse por hacerlo demostrando una conducta honorable hacia ti.

¿Qué significa todo esto?

En primer lugar que para recibir bondad tenemos que ser personas buenas. Es necesario definir, fortalecer y publicar nuestros valores y es necesario vivir una vida coherente con ellos. Los buenos valores son factores protectores del riesgo social.

En segundo lugar, que para una persona que ha sido abusada y a quien le han roto los límites naturales, es difícil volver a construirlos.   Esto, algunas veces, implica un proceso de ensayo y error, con algunas interrupciones de las que hay que aprender a levantarse. Ya lo dijimos en reflexiones pasadas: lo importante en este proceso es renunciar a la culpa y seguir adelante.  Si otros nos hieren no es nuestra culpa, ni siquiera cuando voluntariamente hayamos bajado la guardia y permitido acercamientos, porque los otros también tienen la responsabilidad de tratarnos con respeto.  Pero siempre puedo volver a levantarme y seguir adelante hasta aprender a discriminar quién sí merece estar a mi lado y quién no.

Una decisión importante a tomar es no aceptar el acercamiento de nadie que no te trate con alta estima, alta honra y alto honor.  No alguien que te adore como a una diosa o a un dios; pero sí alguien que sepa que eres imagen de Dios.

Tienes derecho a pedir requisitos, tienes derecho a ir despacio, tienes derecho a mantenerte rodeada de personas que sabes que te aman y te cuidan mientras una nueva persona se acerca y se da a conocer.  Las redes sociales (las personas que te aman, familia y amigos buenos) son tu principal protección, no tienes que romperlas nunca en la construcción de una relación.

En tercer lugar, es necesario recordar que las personas buenas usualmente se rodean de personas buenas, pero también las personas con malas intenciones se hacen “amigas” de las personas buenas porque tienden a ser las más vulnerables.  Así que podrías ser vulnerable en cualquier lugar, incluso en una iglesia, escuela o grupo de ayuda social.  Pero la vulnerabilidad no existe cuando la vida de una persona es transparente y está rodeada de quienes las ven y la cuidan, porque resulta que a los malos no les gusta que los vean. ¡Haz que tu vida sea conocida por aquellas personas que te aman! ¡Haz que quien quiere conocerte quiera hacerlo al lado de esas personas que están junto a ti todo el tiempo! ¡Haz que te dé un lugar de honor social y que haga público todo lo que hacen juntos! Verás cómo huye un alto porcentaje de las personas con malas intenciones o con intenciones que no han sido claramente definidas.

En cuarto lugar, debes ser capaz de contestar la pregunta: ¿Quién es bueno? Yo creo que es bueno quien es transparente en todo, quien te presenta con apertura a su familia y a su entorno social y te da un lugar de honor, quien no se pierde los fines de semana, quien tiene una rutina transparente, un teléfono fijo, una dirección,  quien está rodeado de gente buena y les rinde cuentas, quien no tiene vicios, quien tiene planes honorables en su vida, quien no se burla, quien no critica, quien no demanda, quien te valora y valora a las personas, quien demuestra respeto en todo momento. Si sabes quién es bueno, no caigas en la trampa de abrir tus puertas a quien no lo es sólo porque no puedes soportar la soledad.

Esto me lleva a la explicación del último principio: Encontrar a las buenas personas, más que un acto de suerte es un acto de alta exigencia de tu parte, de que seas perseverante y fuerte para pedir que los otros demuestren que son merecedores de tu amistad y tu cariño porque tú eres una persona igualmente respetuosa y con altos valores.

Superar el abuso también significa reconocer que tienes un valor alto, que te mereces estar bien, incluso si eso requiere pasar un tiempo sola(o), y que tu confianza hay que ganarla con muestras continuas de merecimiento.

¡Mantén la fe! Hay personas buenas, de ellas, las que calzan contigo serán pocas, pero puedes pasar por la vida disfrutando la bondad de las personas en mayor y menor medida si tienes definido lo que aceptas y lo que no de los demás y lo que exiges de ellos.

¡Ánimo!, en la medida en la que te dediques a construir y fortalecer tu propia bondad y a exigir la misma de los demás, en esa medida te verás rodeada de gente cada vez más hermosa. Con la transparencia se atrae la transparencia, con la bondad se atrae la bondad, con la virtud se atrae la virtud. 

jueves, 4 de febrero de 2016

SUPERAR EL ABUSO SEXUAL: RECONSTRUIRSE EN AMOR CON EL AMOR DE OTROS QUE SABEN

SUPERAR EL ABUSO SEXUAL: RECONSTRUIRSE EN AMOR CON EL AMOR DE OTROS QUE SABEN
Por María Antonieta Campos Badilla


Lejos de quien te hería, segura(o) en todo sentido, ha llegado tu tiempo de reconstruirte en amor. Francamente, hay algunos pasos que dar; las heridas sanan solas algunas veces, pero es más difícil que lo hagan si no reciben un tratamiento apropiado.

De acuerdo con lo que hemos venido hablando en las reflexiones de este mes, hay algunos pasos que hay que seguir:
1.       Reconocer el daño
2.       Protegerte
3.       Recibir ayuda terapéutica
4.       Mantener la fe: Hay personas buenas en el mundo y hay formas de reconocerlas

De los dos primeros ya hablamos en reflexiones pasadas (“SUPERAR UN ABUSO SEXUAL: RECONOCIENDO EL DAÑO” y “EL DERECHO A NO CONFIAR Y SER FELIZ”).  El cuarto paso lo discutiremos en el futuro.

El tercer paso incluye el esfuerzo por recibir ayuda terapéutica. Los procesos de terapia ayudan a las personas a entender cómo interpretaron los actos de agresión, cuánto y cómo las dañaron estos actos, en qué áreas se han entregado y revictimizado, en qué áreas más bien se han sobreprotegido y aislado, cómo son, cómo quieren que las amen, cómo no quieren que las amen, cómo pueden ser felices.

Estos procesos son largos y son diferentes para cada persona. Algunos van a consulta por años, otros combinan terapias de mediano plazo con grupos de apoyo, libros y actividades de crecimiento personal y autoafirmación, otros sólo asisten a una terapia breve y otros deciden superarlo solos. 

Si me preguntan, he visto mejores resultados en las personas que se comprometen de lleno con la segunda opción: Una buena terapia de un año y medio o dos años (más o menos dependiendo del caso) en donde esa persona saque y procese el dolor como si fuera un duelo de algo que después se dejará atrás, y con un compromiso intenso de superación personal, acompañado de la construcción de redes de apoyo social y rutinas de autocuidado y desarrollo.

Muchísimas personas en el mundo se esfuerzan por demostrar que están bien, que son “normales”, que pueden superar las cosas porque están “sanas” y “no necesitan ayuda”. Nunca he entendido ese concepto, esa necesidad de que los demás me aprueben como una persona autosuficiente como si eso realmente existiera en un 100%. ¿Acaso no somos seres sociales?

Estamos en este mundo organizados en familias, grupos, comunidades y sociedades porque todos nos necesitamos unos a otros. Y hay quienes se especializan en contabilidad y finanzas para ayudarnos a todos a administrar los negocios y los recursos, hay quienes se especializan en la salud para ayudarnos a todos a sanar enfermedades, hay quienes se especializan en la enseñanza de conocimientos complejos para ayudarnos a todos a aprender y progresar como sociedad; pues, también hay quienes se especializan en las formas de pensar, sentir y actuar según lo que la historia va marcando en nosotros, y nos enseñan cómo superar esa historia para ser más felices.

Los psicólogos son personas con una historia como la suya, que conocen métodos para comprender, interpretar y cambiar esa historia de acuerdo con las expectativas, valores y planes que usted ya posee. Un psicólogo no va a cambiar sus deseos, ni sus valores ni sus planes, sólo le va a enseñar los métodos para alcanzar lo que el dolor de su pasado no le ha permitido.


El rey Salomón decía: “Donde no hay consejo, el pueblo cae, mas en la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14). ¡No sufra sola(o)! Si no lo desea, no le diga a las personas que está recibiendo ayuda, pero sea sagaz y aprenda de lo que otros ya saben, ¡busque ayuda, usted lo vale!

jueves, 28 de enero de 2016

EL DERECHO A NO CONFIAR Y SER FELIZ

Psique&Salud: Reflexión semanal
EL DERECHO A NO CONFIAR Y SER FELIZ
Por María Antonieta Campos Badilla

Cuando una persona es abusada sexualmente (léase la reflexión anterior “SUPERAR UN ABUSO SEXUAL: RECONOCIENDO EL DAÑO”), su forma de ver el mundo cambia de manera dolorosa.
En primer lugar surge la culpa, una fuerza extraña que te hace cuestionarte en qué fallaste, si no te cuidaste bien, si hiciste algo que provocara, si debiste estar allí, si debiste ser más firme y alejarte, si debiste vestirte diferente… tantas ideas falsas sobre la responsabilidad de un acto que fue un abuso hacia ti. ¡Falsas, sí!, te lo aseguro. Por alguna razón nuestra necesidad inconsciente de volver a tomar el control nos hace buscar qué fue lo que hicimos mal para no volverlo a hacer y volver a estar seguras. ¡Cuidado! Si no hay que llamar bueno a lo malo ni malo a lo bueno, entonces hay que dejar que la responsabilidad recaiga sobre quien la tiene: quien tenía el poder, la fuerza, la autoridad, el conocimiento, la ventaja (cualquiera que fuera) en ese momento.

Lo segundo que surge es una necesidad de demostrarte que todo está bien, que nada pasó, que puedes continuar viviendo una vida normal. Lo mejor—creemos erróneamente—será mantenerlo todo en silencio para que el juicio de los demás sobre lo ocurrido no repercuta en nuestras vidas. Y entonces, ocurren varias cosas: que la persona abusadora usualmente sale impune, nadie sabe lo que hizo y todos los demás continúan confiando en “sus buenas intenciones y conducta” (este es un tema sobre el que podríamos hablar en otra ocasión: la importancia de denunciar; sin embargo, en la reflexión de hoy quiero centrarme en tu propio proceso de sanidad). Más grave que eso, tu propia vida sigue en peligro porque sigues sin reconocer que hubo un daño y porque en adelante vas a tratar de demostrarte a ti misma que todo está bien cuando no lo está.

Los intentos por demostrar que todo está bien pueden incluir involucrarte en relaciones afectivas y hacer un esfuerzo por confiar y actuar “normal”, aun cuando la confianza no sea la mejor opción. Eso que creemos es actuar “normal” podría incluir “ser complaciente”, “ser alegre y divertida(o)”, “ser sexualmente ardiente o excesivamente recatada(o) y controlada(o)”. Las personas que han sido abusadas una vez con mucha frecuencia se revictimizan por múltiples procesos inconscientes y, sin darse cuenta, en muchas ocasiones están de nuevo en una situación en la que el contacto o acercamiento sexual que obtienen no es el que querían, no les provoca bienestar ni satisfacción, ni las hace sentirse amadas.

Al respecto, uno de los aprendizajes más importantes que hay que hacer en este proceso de sanidad es: ¡No te entregues!, ¡no confíes! No necesitas demostrarle nada a nadie, y lejos de ello, estás en todo el derecho de demandar que las personas se ganen tu confianza antes de permitirles acercarse. No te manda nadie a confiar, ni siquiera Dios mismo (Jeremías 17:5), no te piden que seas “normal”, te piden que seas “genuina(o)”, que te conozcas y te afirmes como la persona que eres, que te ames (Mateo 22:39) y seas feliz.

¿Sabes? Lo “normal” no existe, nadie dice cómo tiene que ser una persona sexual sana excepto el amor propio. No es en la complacencia al otro en donde vas a encontrar tu plenitud, es en el conocimiento y reconocimiento de ti misma(o); es en el respeto a lo que vas sintiendo y necesitando cada día para sentirte amado(a), y en la medida en la que te ames, vas a poder amar a los demás con seguridad, pero nunca en un acto que te denigre, que te quite valor o que te haga sentir mal.

La sexualidad es eso: un acto de amor. Para amar bien, debes primero amarte bien, cuidarte bien. Hay un pasaje en la Biblia que lo explica de forma poética; en Cantares 8:8-9 dice: “Tenemos una pequeña hermana, Que no tiene pechos: ¿Qué haremos a nuestra hermana cuando de ella se hablare? Si ella es muro, edificaremos sobre él un palacio de plata: Y si fuere puerta, La guarneceremos con tablas de cedro”. La expresión “no tiene pechos” es un símbolo de vulnerabilidad e inocencia, es una forma de representar a una persona que en su situación actual en la relación con otra persona podría ser sometida fácilmente; ¿qué hacer con esta persona?, pues cubrirla, protegerla. La plata y el cedro en la Biblia representan a Jesús, su pureza, su majestad, su poder, su fuerza, su honra, su fineza y alto valor; ese es el valor con el que las enseñanzas de Dios mandan a recubrir a una persona vulnerable: con fuerza, con alto valor, con honra, con poder, con majestad, con pureza.



¡Cúbrete, ámate! No te rodees de nada que no sea puro y majestuoso. El trato de amor, reconocimiento, respeto y valor que le dio Jesús en su vida a la mujer y al ser humano en general, ese es el trato que mereces de todas las personas que están a tu alrededor y sobre todo, ese es el trato que mereces darte. 

jueves, 21 de enero de 2016

SUPERAR UN ABUSO SEXUAL: RECONOCIENDO EL DAÑO

Psique&Salud: Reflexión Semanal
SUPERAR UN ABUSO SEXUAL: RECONOCIENDO EL DAÑO
Por María Antonieta Campos Badilla

Cuando nos hablan de abuso sexual, pensamos inicialmente en historias de horror, en el abuso crónico de una persona malvada que vive y te encierra en casa, o en violaciones violentas y dolorosas.

Pero abuso sexual, como todo, viene en muchos paquetes, no siempre ocurre en casa, puede ocurrir una vez, puede tratarse de un simple beso forzado, de una caricia íntima de una figura de autoridad con la amenaza de no contar, de un matrimonio obligado en el que hay que “cumplir con la labor” sexual, de los mensajes denigrantes continuos de alguien que te quiera hacer pensar que eres un objeto sexual, una prostituta o un depósito de su deseo. Es abuso que alguien te toque en la calle, que te asusten con sus palabras, gestos, miradas, sonidos. Es abuso sexual cuando alguien con autoridad, con poder o con mayor conocimiento que tú te lleva a una situación en la que cedes al contacto sexual sin que eso te provoque bienestar.

Y vivimos las mujeres cargando historias dolorosas sin saber, muchas veces, que esas historias se constituyen en una forma de agresión. Ignoramos que las espinas que se clavaron tan sutilmente en nuestra piel (con aquellos actos que la sociedad nos enseña a minimizar) se quedan por dentro provocando una infección emocional, social y sexual.

Violento o crónico, sutil o pasajero, cuando esa voz o esa mirada que nos degrada toca nuestro corazón, lo hiere como si una pluma tocara la niña de nuestro ojo. El corazón es delicado, sólo resiste el roce de otro corazón lleno de amor, de lo contrario se duele, sangra, se infecta, se cubre con una costra para que no lo vean de afuera, pero se enferma y sufre por dentro.

Así, lo primero que necesita hacer una persona que ha sufrido un abuso es reconocer que lo ha sufrido, que lo ocurrido dolió mucho y aún duele, sea que otros lo consideren importante o no. Hay que ponerle nombre al acto ocurrido: “Esa persona abusó”, “agredió”, “abusó de la confianza”, “abusó con su fuerza”, “abusó de su poder”, “se aprovechó de lo que sabía y yo no sabía aún”, “se aprovechó de que yo estaba sola”, “me denigró”, “me engañó”, “me hizo sentir sucia, mala o culpable en la sexualidad, cuando en realidad la sexualidad es el acto más puro de amor, y me quitó por un tiempo la posibilidad de disfrutarlo de esta manera”.

Cuando los actos de maldad se nombran obtienes la capacidad de dominarlos. Cuando los logras reconocer y descubres la intención, la maldad contenida o el mal que dejaron clavado adentro, entonces activas en tu interior un sistema de autoprotección y sanación que terminará por sacar de ti las espinas y te permitirá construir un mundo nuevo para ti.

El corazón de una mujer es resiliente; tiene la capacidad de reconstruirse con nuevos tejidos de amor aún después de maltratos atroces. Con el amor que dediques a tu propio corazón este sanará sin duda.



Isaías 35:1-2 tiene una hermosa promesa que he visto cumplirse en cientos de mujeres que creen y esperan, dedicándose a cuidar sus propias vidas con tanto amor como el que anhelaron de parte de otros por mucho tiempo: “Se alegrarán el desierto y la soledad: el yermo se gozará, y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo: la gloria del Líbano le será dada, la hermosura de Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro”. 



domingo, 13 de diciembre de 2015

Cuento porque la vida es pública, simple y social; yo sé que no estoy sola

Programa Manualidades y Arte para la Autoafirmación
TARDES DE MANUALIDADES Y CAFÉ
13 de diciembre de 2015


Cuento porque la vida es pública, simple y social; yo sé que no estoy sola

Por María Antonieta Campos Badilla


  A mis padres y hermanos por estar siempre a mi lado.
Y a mi esposo Édgar y a su hija Priscila, mis amados; los que llegaron a mi vida cuando yo ya sabía bailar en la pradera.



Ayer algunas amigas me preguntaban sobre mis publicaciones tan abiertas en las redes sociales y comentaban sobre lo importante que es saber que hay personas que están pasando por algo similar a lo que uno experimenta. A raíz de eso he pensado en contarles porqué es que cuento con tanta franqueza todo lo que me pasa.

Hay dos realidades que tuve que aprender mientras maduraba:

1.      La soledad es un engaño, una ilusión producto de la baja autoestima
2.      La vida es social, pública y simple

Advierto que a mí, particularmente, me costó mucho madurar. (Madurar es definir quién soy y sentirme feliz, satisfecha y segura con ello, tanto como para compartirme sanamente a los demás). Nunca fui una muchacha alocada, al contrario, podía ser bastante introvertida y, por lo mismo, no siempre tomé buenas decisiones cuando tuve la oportunidad de hacerme parte de un grupo más grande, que me diera lo que yo consideraba un mejor status social.

Mi familia tuvo siempre un estilo de vida tranquilo y valores fuertes. Tardé un tiempo en descubrir que cuando yo tomaba la clase de decisiones que no quería que ellos supieran, cuando yo quería defender a toda costa mi derecho a la intimidad y a la independencia, en esos momentos, de alguna manera me estaba engañando a mí y no a los demás: El hecho de creer que existe una vida privada ajena a las personas que siempre te han querido es un engaño a uno mismo. ¡Esas personas están ahí!, tan cerca de ti que si empujas ellos tienen que correrse con dolor. Si una persona sufre, las personas que la aman también sufren; y lo que hace sufrir es, por lo general, aquello que tenemos que ocultar, aquello por lo que tenemos que mentir.

Paradójicamente tendemos a mentir para no sentirnos solos. Pero la soledad es, en sí misma, un engaño a uno mismo, una ilusión, un producto de la baja autoestima. Cuando no tenemos pareja las personas pasamos mucho tiempo pensando en tener a alguien especial,  o amigos y amigas divertidos, en ser apreciadas y amadas socialmente. Cuesta mucho tiempo descubrir dos cosas: (1) Que uno ya es especial, maravilloso y suficiente sin necesitar pareja ni amigos, y (2) que aquellos que siempre han estado a nuestro lado son suficiente y, maravillosamente, más de lo que esperamos.

Después de un tiempo de buscar por aquí y por allá una compañía divertida que me hiciera sentir satisfecha con quien soy llegué a esa conclusión a la que llegamos todos al madurar (todos los que tuvimos el privilegio de madurar aunque fuera después de los 35 años): Me sirve más divertirme sola haciendo lo que es bueno para mí.

En el momento en el que concluí eso, como consecuencia natural, descubrí que no estoy sola, que nunca he estado sola, y que me puedo divertir con las personas que Dios puso cerca de mí: mi familia y los amigos de años, los no necesariamente fiesteros o divertidos, los que valoran más un rato sentados en un tranquilo café para poder escuchar con atención lo que yo tengo que decir.

Son las pocas personas que te acompañarían si estuvieras en un hospital. Y cuando digo acompañar, me refiero a visitarte todos los días y no sólo uno, te acompañarían a pesar de su cansancio, de que hayan tenido que trabajar o estudiar; son los que incluso estarían dispuestos a asistirte en las curaciones y a hacerte la comida o bañarte, los que cuando tengas que guardar cama por unas semanas se privarían a sí mismos de salir un día y otro y otro y más para estar contigo. Son esas personas que cuando no tienen mucho dinero hacen todo lo posible por darte lo mejor en vez de pedirte que los invites (esos son usualmente los papás), y esas personas que cuando tú no tienes dinero hacen lo posible para organizar tiempos bonitos en casa. Son las personas a las que puedes acudir cuando necesites que te lleven y te traigan repetidas veces. Son los que te ayudan a hacer tus trámites por primera vez y ponen su firma para respaldarte. Son las personas que llorarían amargamente si algo malo te pasara, los que no podrían reconstruir una vida igual de bonita si tú no estuvieras. ¡Esas personas están allí, junto a ti todo el tiempo! y, por lo tanto, tus decisiones les afectan directamente, todo el tiempo.

Cuando vives todas estas experiencias, cuando tienes que mirar a la gente que sí está a tu lado en el dolor, descubres que la soledad es un engaño, producto de una baja autoestima, te das cuenta de que tienes que tener algo muy bueno adentro, algo tan bueno que hay personas a tu lado a pesar de todo; te de das cuenta de que eres lo que Dios formó en ti y no producto de tu propio esfuerzo, y decides que eres suficiente para tu propio bienestar y para procurar la alegría y bienestar de los que te aman y están cerca. En ese momento descubres que aquellos que están tan juntitos se duelen cuando empujas pero bailan contigo cuando te meces con suavidad.

Eso fue lo que descubrí en mi camino y por eso voy contando con apertura lo que me pasa: No estoy sola, no me muevo sola ni aunque quiera, estoy tan acompañada que mi vida es pública, simple y natural, no me hace falta buscar amigos, ni pareja, ni aprobación, no necesito buscar nada ni ocultar nada, todo lo que necesito venía en el paquete desde el principio.

El amor de mi familia me ha hecho sentir como una flor hecha por Dios, rodeada de flores y en medio de una pradera. Las flores no hacen esfuerzos para ser admiradas ni para bailar ni para estar acompañadas, el viento las mueve y cuando lo hace se mecen las compañeras que están a su lado.

Todo lo que yo hago mueve a mi familia y a mis amigos, todo lo que hago es público y les afecta (lo quiera o no), ese es el precio de no vivir en soledad y debo decirlo: ¡soy muy feliz por eso!

Ellos, los más cercanos, los que di por obvios y garantizados, los que en mi inmadurez me parecieron insuficientes para que yo fuera completamente feliz, ellos fueron los que usó Dios para saberme amada, así que el día en que maduré decidí hacer mi vida pública, digna y hermosa para ellos, para que se sientan felices de bailar a mi lado. Esta fue mi decisión, este mi regalo para ellos: Si lo puedo contar, entonces puedo hacerlo, entonces estoy protegida de mil maneras y me siento digna de ellos. Y si lo hice y no era digno entonces enmiendo y cuento mi aprendizaje, porque la humildad me dignifica y refleja el gran amor incondicional que he recibido de aquellos que Dios puso a mi lado.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Mi Regalo de Cumpleaños: El Don del Perdón, de la Sanidad y de la Vida

Programa Manualidades y Arte para la Autoafirmación
TARDES DE MANUALIDADES Y CAFÉ
16 de noviembre de 2015

Mi Regalo de Cumpleaños:
El Don del Perdón, de la Sanidad y de la Vida
Por María Antonieta Campos Badilla


Hoy es mi cumpleaños. Cuando niña mi mamá invitaba a mis fiestas a cuanto niño pobre conociera de los alrededores del barrio. Nos enseñó a compartir, a no pedir regalo, sino a pensar en que nosotros teníamos mucho para dar.
Claro que siempre recibía buenos presentes de mi familia y un trato especial de las amiguitas. Recuerdo con cariño a Michelle, la hija de una pareja misionera que en mis fiestas solía repetir, cada vez que empezaba un juego: “¡primero la cumpleañera!”; me hacía sentir importante. Esta regla que ella aplicaba era buena y justa porque todos los niños cumplen años una vez cada doce meses, y en ese ciclo a cada uno le tocaría ser el primero alguna vez. Así como ella, fui educada yo: Primero pensar en las necesidades de los demás para repartir lo que había entre todos. Así que hoy que es mi cumpleaños número 41, yo quiero darles este regalo, el mejor regalo que he recibido: el don del perdón, de la sanidad y de la vida.
En estas fechas, mis principios han sido puestos a prueba de nuevo. Esta vez no ha sido mi madre la de la idea, pero la vida se las ingenia siempre y he tenido que pensar mejor mis oraciones, mis peticiones, y ¿qué es lo que quiero que recibir como regalo de cumpleaños?
Bien, sin entrar en pormenores,  lo que pasa es que este año he tenido que agradecer con más claridad la vida. He encontrado paz en el versículo bíblico: “Porque ciertamente te libraré, y no caerás a espada; antes bien, tendrás tu vida por botín, porque confiaste en mí” (Jeremías 39:18).
Para encontrar el botín que busco, que al mismo tiempo es un regalo que ya fue otorgado, he tenido que volver a los principios que he aprendido en la vida. Yo los he aprendido en la Biblia, pero se pueden encontrar en cualquier lugar, porque son los principios que rigen la naturaleza y la vida. Usted los sabe también, “porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. (Mateo 7:8)
Me refiero a principios como los que he mencionado en otras ocasiones: La verdad liberta, la libertad trae justicia, la justicia trae paz, el amor hecha fuera el temor, lo que se siembra se cosecha, etc. Y uno de los principios más importantes para mi desarrollo espiritual ha sido el principio del perdón como herramienta liberadora y sanadora.  Si usted no cree en Cristo puede buscar este principio en cualquier otra religión,  y aún si se considera ateo puede encontrarlo en la psicología, en la metafísica y en cualquier otra postura que se refiera al bienestar integral humano.
No el perdón entendido como inclinarse y dejar que otros pasen por encima una y otra vez; nadie, ni la Biblia, dice que eso sea perdón.  Yo me refiero al perdón entendido como encontrar mi fortaleza, mi integridad y seguridad personal y, entonces,  soltar el pasado para que no sea una carga, dejar de arrastrar sentimientos y recuerdos que hacen daño, dejar ir de mi mente a aquellos que no me podrán herir nunca jamás, dejarlos ir con luz divina y bendición porque he descubierto que la luz que brilla en mí es mayor.
¡Ese perdón!
El perdón  me libera y le da vida a mi cuerpo, aligera mi espíritu y le deja alzar vuelo, es ungüento  a mi alma y refresca mis emociones.
El perdón encapsula el dolor del cuerpo y lo hace salir, por eso sana. Es el perdón el que cierra y cicatriza la llaga o me libera de ella, sobre todo cuando ese perdón está dirigido también a mí o a mis seres queridos. Y cuando ese perdón va acompañado de las manos de amor del que abraza, del que se alía con el enfermo y le toca  y declara al mundo que el amor ha vencido, entonces su poder se intensifica y el espíritu, el alma y el cuerpo toman vida: en ese orden.
Es por esto que digo que este principio se constituye en el camino de búsqueda de mi botín o regalo de cumpleaños. Es lo que he recibido de la vida y lo que ahora les comparto.
Cumplir años, significa eso: recordar que hubo un año más de vida. Yo no lo hubiera logrado sin el perdón, y sé que quienes viven junto a mí están en el mismo proceso.
El principio fundamental del cristianismo es que Jesús asumió las consecuencias de todo el mal cometido por el ser humano, y como él asumió la responsabilidad por amor, no hay culpa alguna que yo deba cargar; y como yo sé que no fui culpada de aquello que hice mal, entiendo que tampoco hay culpa para el prójimo transgresor. No me toca juzgar o culpar a nadie, ni siquiera a mí misma y por lo tanto vivo en libertad.
Este es mi credo y puede que el suyo sea diferente. Pero yo vivo en libertad y sin culpas por la eternidad, y deseo que usted se sienta igual.
Sé que esto es muy diferente a lo que diría cualquier grupo que quiera ejercer control social; es diferente, sí, pero es lo que he leído en la Biblia: Si ya se pagó la infracción, no hay culpa;  sólo queda un proceso continuo de desarrollo y sanidad, un proceso en el que se va sanando el pasado (creo que el mío y el de mis ancestros) como si se tratara de capas que se van desprendiendo poco a poco de la piel espiritual y que dejan surgir nuevas formas, mejores calidades de vida. El perdón separa las capas de dolor, tristeza, enojo, resentimiento, apegos, etc. que van saliendo como si nuestra piel fuera la de una cebolla, y cada capa se desprende con algo de dolor, una especie de “peeling” delicado, algunas veces tenue y otras veces profundo, y de cada una de ellas surge una nueva piel delicada, tersa y hermosa, ligera y suave. Un proceso de embellecimiento espiritual que casi siempre toca el alma y algunas veces alcanza el cuerpo.
Y en ese proceso (sea cual sea el  proceso que lleva una persona en su vida)  hay para todos momentos de dolor y tiempos de satisfacción de manera intermitente, y cada uno encuentra su ungüento de restauración en el perdón (en el perdón dotado de fe y esperanza), en la capacidad de soltar el pasado y desapegarse de toda idea rígida de lo que “debió haber sido” o “debería ser”, para aceptar que lo que ha sido puede dar un buen fruto, que lo que es traerá bendición y lo que venga será igualmente bueno, que siempre será bueno porque esa es la naturaleza de Dios, de la creación, de la madre tierra, del universo, de nuestra fuente y esencia.
Dios es bueno. Lo he afirmado con alguna frecuencia en estos días.
Mi vida ha tenido un proceso largo de sanidad, muchos momentos para perdonar y muchos más momentos gloriosos para resurgir.  Y les aseguro que de cada etapa en este proceso,  de cada “peeling”, he salido más fortalecida, más agradecida y más feliz. Me siento satisfecha con lo que Dios me ha dado.
Mi vida es mi botín, y en mi cumpleaños le deseo que su vida sea el suyo también.

¡Que tengan vida, y que la tengan en abundancia! (Juan 10:10).

lunes, 9 de noviembre de 2015

Autoestima

Programa Manualidades y Arte para la Autoafirmación
TARDES DE MANUALIDADES Y CAFÉ
9 de noviembre de 2015

Autoestima
Por María Antonieta Campos Badilla

Algunas veces he publicado en redes sociales frases como “soy pequeña” o “me siento pequeña”. Nunca falta quien interprete que me falta autoestima y que debo hablar “en grande” sobre mí misma.
Al respecto se me ha ocurrido importante hacer una aclaración. Yo soy pequeña: mido menos de 1.5 metros, mucho menos que el promedio de mujeres de mi edad. Si yo creyera que decir que soy pequeña es tener baja autoestima, sería porque de fondo estaría operando la creencia errónea de que ser alto es mejor que ser pequeño. ¿Quién podría afirmar algo semejante? Ciertamente no lo harían quienes están seguros de que el valor del ser humano es incondicional: Es tan importante aquel que mide más de dos metros como el embrión más pequeño en el vientre de una madre.
Cuando digo soy pequeña sólo señalo mi tamaño en comparación con la inmensidad de la creación. Y, por supuesto que podría hacerlo al revés y sentirme grande; podría pensar que soy más alta que una hormiga, ¡gigante en comparación con ella! Pero, aun así pienso que cada hormiga tiene su lugar y su función importantes en el mundo. ¿No somos ambas parte de la creación? Ni la hormiga ni yo decidimos nacer; a ambas la vida nos fue otorgada como un regalo y, en este cuerpo, la vida es para ambas es un regalo temporal.
Entonces creo que no me falta autoestima, yo simplemente me conozco bien y creo que eso es fundamental para aceptarse y amarse.
Aquí les doy una breve descripción de mí si la quieren leer, para que luego cada uno piense en sí mismo y en cómo es. Es una descripción de cómo es mi cuerpo, cómo es mi carácter y de dónde viene aquello que se hace evidente en mí:
Yo soy una mujer pequeña, latinoamericana, con ascendencia española e indígena y, probablemente, con algunas otras mezclas más. Soy hija, nieta y bisnieta de mestizos.
Parece que, a diferencia de mi hermana, yo heredé todas las curvas posibles de mis ascendentes mujeres en una figura de poca altura. Tengo una bella figura que parece un reloj de arena pequeño y de curvas anchas bien marcadas y tuve que pasar algún tiempo tratando de entender por qué mi cuerpo es diferente a aquel que los medios de comunicación admiran, cómo es y qué es lo hermoso de él.
También tuve que entender que mi cabello no es el típico lacio oriental ni un abundante crespo sensual. Tengo el cabello “lacio arrepentido” como dirían las abuelas, esto es, medio ondulado en algunas partes, una especie de lacio despeinado que cuando quiere se acomoda muy bien. Después de muchos intentos y cambios en el salón de belleza, aprendí que este se muestra hermoso cuando lo dejo ser tal cual es: castaño, delgado, brillante, sedoso al tacto y necesita acondicionador.
Mi piel, no sé cuál es su color; es medio amarillento, ¿un oliva desteñido o un moreno muy pálido? ¡Yo qué sé! Es mi color, ¡tan único y tan bello como el de las otras personas!, no requiero clasificarlo. El único color que tengo bien definido es el de mis ojos; son color miel, grandes y almendrados. Soy eso, una mezcla de colores hermosos.
Volviendo a mis ojos, estos no son los típicos ojos pequeños indígenas, son definitivamente más grandes; pero sí son brillantes como la luna,  y de mirada profunda, como los de mi bisabuelo Manuel, quien decían que era un hombre indígena de Agua Caliente de Cartago. Creo que no heredé la piel de mi familia indígena, esa que no se mancha ni se arruga.
No, no todo en mí es indígena, aunque mi dedo meñique en las manos está levemente torcido hacia adentro; una característica típica del gen haplotipo A que es el de los indígenas de América Central. ¡Yo me siento muy orgullosa de esa sangre! También me siento muy orgullosa de las otras sangres que llevo dentro. Y más orgullosa me siento de haber heredado la vida de Cristo tras su muerte y resurrección.
En realidad me siento orgullosa de todo en mí, todo viene de algún lugar muy honroso, porque al ser humano Dios le dijo “has sido honorable y yo te he amado” (Isaías 43:4):
Tengo un lunar cerca de la boca que heredé de mi abuela, aunque el mío está bien pintadito y el de ella era blanco. Tengo las uñas de la tía abuela Estrella, de forma volada, fuertes y de un color blanco envidiable. Tengo los dedos hermosos de mi madre, la forma de su cara, la sensibilidad de su corazón y la pasión por enseñar. Tengo la sonrisa de mi padre, su caminar, su autoridad, su carácter fuerte y solidario, y su sentido de lealtad. Tengo la inteligencia sumada de todos mis ancestros, y tengo la creatividad a flor de piel y brotando constantemente como una fuente poderosa y sin fin. Así lo siento, y les confieso que mi inteligencia es un regalo que a veces uso bien y a veces no, y mi creatividad no es realmente mía sino que producto del amor de Dios brotando en mí.
Yo no soy perfecta, no, ni engreída, sólo me conozco y me quiero, trato de describírmelo todo, sea que otros lo consideren bueno o malo.
Sé que soy distraída, demasiado callada a veces, seria y huraña con quien apenas conozco, abierta y extrovertida cuando se me permite mostrar mi creatividad o hablar de la profundidad del ombligo (así le llamo a la acción de reflexionar sobre alma del ser humano).
No me gusta saludar de beso ni conversar mucho y eso no se parece mucho a mi cultura costarricense; pero me gusta que me abracen cuando me siento triste y a veces lamento que mucha gente no lo sepa.
Mi ubicación y coordinación espacial no son mis mejores habilidades, de hecho era de las que se escondían en las clases de educación física. Pero me encanta bailar y practico en mi casa un paso nuevo hasta que logro lo que quiero. Por otro lado, la memoria que requieren las ciencias sociales tampoco parece ser lo mío; pero la química, la física, la matemática y todo lo que requiere de lógica, esas sí podrían ser mis habilidades fuertes porque tenía excelentes notas en el colegio; ¡eso es!: yo soy muy lógica, sin embargo, no estudié ciencias exactas, estudié psicología y educación. Y de todo esto simplemente he aprendido que hago lo que me apasiona y no lo que me resulta fácil. Aunque no soy disciplinada parece que sí soy perseverante porque he logrado terminar de estudiar.
He estudiado por amor a mi familia. Ese es mi motor; ese es el conocimiento más valioso que tengo sobre mí, que yo actúo por amor, y entonces para actuar sobre algo, tengo que encontrar primero mi motivación de amor.
Conocerse a uno mismo—simplemente hacer el ejercicio de describirse, y decidir aceptar y amar todo lo que allí salga—puede hacer una gran diferencia en la forma en la que nos posicionamos ante el mundo. A veces, cuando pensamos en el ombligo, el universo se aclara.
Sé que soy pequeña por una simple razón: Es que así Dios me recuerda cada día, que lo que haya grande en mí, viene de Él, y es un regalo.
Él, Dios, me hizo como soy y mi única tarea en este mundo es SER.
Yo me conozco, me amo, me apruebo y me disfruto como soy. Y cuando lo hago me abro a conocer, amar, aprobar y disfrutar a los demás.
¿Ven?, cuando digo soy pequeña sólo digo quién soy. Porque la autoestima no se trata de decirse las cosas que todo el mundo considera “importantes”, autoestima significa decir tu realidad y amarla, y disfrutarla y lucirla, o callarla y sentirla sin tener que dar explicaciones por ella; lo que más te guste hacer.

Autoestima es ser quien eres, compartir de ti lo que quieres, autoestima es sólo amar.