sábado, 22 de junio de 2024

Meditación en las Galerías de la Mente

De Benito Pérez Galdós, en su novela Marianela (1878), he aprendido a entender la meditación como la observación (sin juicio y sin apuro) de los propios pensamientos.

En este texto, cuando Pablo (el muchacho ciego) conduce a Teodoro (el médico recién llegado) por una de las galerías de las minas, tiene lugar este diálogo (pp.,26-27):

–Para el que posee el reino desconocido de la luz, estas galerías deben ser tristes, pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta conformidad con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted por la calle más ancha… preferiría estos lugares subterráneos a todos los lugares que conozco.

–Esto es la idea de la meditación.

–Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por donde voy, y por él corren mis ideas, desarrollándose magníficamente.


En la era de la “información tecnológica, la inteligencia artificial, la producción de videos en masa y los estímulos abundantes, breves y siempre cambiantes de las pantallas”, con mucha facilidad, los pensamientos del ser humano se acumulan en la mente sin notarlos siquiera; quedan como guardados en una cueva oscura a la que sólo observando en la quietud podemos hacer llegar la luz para liberar la densidad que enlentece nuestro desarrollo espiritual.

Sólo en la quietud, en la soledad, en el silencio y observando hacia adentro encontramos la Luz Divina; a aquel que dice:

“Estad quietos y ved que yo soy Dios”.

¿Cómo podríamos escuchar al Creador, si ni siquiera aguzamos el oído para escuchar nuestros pensamientos?

Pero hay quienes temen apartarse y escuchar aquello que ellos mismos han dejado abrumar con aires espesos y turbios; hay quienes niegan la presencia de temores, prejuicios, envidias, celos, avaricias, enojos, y todo aquello que nos separa de lo Divino, pero que todos tenemos.

Sólo la luz, sólo la verdad, sólo el mirar hacia adentro amándonos al mismo tiempo con el Amor heredado de Cristo, puede disipar la oscuridad; porque, sólo entonces reconocemos la necesidad de la Gracia; sólo entonces vemos el Regalo del amor; y sólo allí Agradecemos en toda su manifestación la Presencia en Dios.

Recuerdo a los misioneros que conocí cuando niña diciendo: A Dios se le encuentra detrás de la puerta del closet.

sábado, 8 de junio de 2024

Jesús, el Billar y las Carambolas

 En un paseo familiar, mi admirada concuña jugó con mis cuñados y mi suegro al billar. Ella se convirtió en mi más admirada jugadora con sus increíbles carambolas: 

  • La carambola sencilla, cuando golpeaba una bola que empujaría a otra con la fuerza y dirección que ella quería.
  • La carambola en el aire, cuando hizo saltar la bola blanca sobre otra bola, para golpear la que seguía en sus cuentas.
  • La carambola de barra, cuando hacía rebotar la bola blanca en la barra lateral para cambiar de dirección y golpear la bola deseada. 

Fue maravilloso el espectáculo que vi, y no pensé que me serviría para comprender una jugada "de negocios" de la que después me ha parecido que fui víctima.

Para ser coherente con los nuevos tiempos de la inteligencia artificial, le pregunté a Gemini sobre las reglas del billar, las carambolas y sus metáforas. Aquí les copio su respuesta:

La metáfora de las carambolas del billar se puede utilizar para describir una situación en la que una persona manipula a otra para que haga algo que ella misma no quiere o no puede hacer.

En esta analogía, la persona que manipula es como la bola blanca, que golpea a la primera persona (la bola 1) para que esta a su vez golpee a la segunda persona (la bola 2). La bola 2, sin ser consciente de la manipulación, termina en una situación incómoda, siendo acusada por la bola 1 o, incluso, haciendo algo que no es su intención y sufriendo consecuencias negativas por ello.

Esta metáfora se puede usar en diferentes contextos, como por ejemplo:

* En las relaciones personales: para describir situaciones de abuso emocional o manipulación.

* En la política: para explicar cómo algunos políticos utilizan a otras personas para promover sus propios intereses.

* En los negocios: para describir cómo algunas empresas utilizan tácticas poco éticas para competir con sus rivales; o cómo un empleado prepara todo para deshacerse de la competencia que le representa de un compañero.

La metáfora de las carambolas del billar es una forma efectiva de ilustrar cómo las personas pueden ser manipuladas para hacer cosas que no quieren hacer o para quedar en posiciones en donde se les afrente socialmente. Es importante ser consciente de este tipo de situaciones para no caer en ellas.

Esto último, repito, es la opinión de la inteligencia artificial. Pero, como en escritos pasados lo he dicho, yo tiendo a ser ingenua, y me cuesta anticipar el daño que otro quiera provocarme, porque en general estoy ocupada tratando de llevar alivio a alguien que sufre. 

Por dicha, mi Amado Jesús no es fan del billar que se juega con malas intenciones. 

Esta semana alguien golpeó esa bola 1 con el deseo de golpearme a mí (la bola 2). Por alguna razón, Jesús, que es quien juega en mi equipo, había puesto por allí una bola 3 que muy amablemente estorbó el golpe. La verdad es que la bola 3 sí me empujó en esa acción protectora, y el golpe dolió, pero me envió justo en la dirección opuesta a la de quien trató de hacer la carambola.

Yo lo vi todo porque sigo tratando de aprender bien el juego;  y lo vi bien gracias a mi compañero de equipo que me va enseñando a ver lo que yo no veo en mi mirada ingenua: Me mostró a las dos personas del equipo contrincante con su bola blanca, vi a la bola 1 cargando una gran carta de quejas y amenazas que le había motivado a escribir la bola blanca y la vi viniendo hacia mí, pero también vi cómo la bola 1 golpeó a la bola 3 en vez de a mí usando para ello esa carta, y esta bola 3 se abalanzó sobre mí sin poder medir su fuerza. Yo como bola 2, ofendida y lastimada, tuve un primer intendo de rebotar en la barra lateral y devolverme a golpear a la bola 3. Pero Jesús me mostró el camino, me mostró que yo tenía que quedarme en la dirección opuesta a la que quería enviarme la bola blanca; es decir, tenía que evitar rebotar, tenía que evitar la dirección de las peleas y los reclamos y quedarme en el camino de la humildad y el amor, esperando con paz mi turno de juego.

Algunas defensas y protecciones que Jesús provee duelen, pero las reacciones de amor suelen ser una mejor estrategia que las carambolas; en todo caso, reconozco que en mi equipo, es Jesús el Señor de la Estrategia. 

(A Dianita con todo mi cariño por inspirarme, con su juego, a entender la metáfora de las carambolas, y a pensar en la dirección más conveniente de mi propio actuar en mi mundo laboral).

viernes, 31 de mayo de 2024

MI LUGAR SEGURO ES LA FE

Hace tres años hice la anterior entrada a este blog. Había reflexionado entonces sobre la necesidad de contar con un lugar seguro, y quedé con este tema en mi mente dando vueltas como un satélite todo este tiempo. Mientras me dedicaba a otras cosas, supongo que lo resolví:

Tras los cambios en el funcionamiento social, laboral y económico que implicó la pandemia, hubo tiempo de encierro y reflexión suficientes para poder reconocer en mí dos cosas:

  1. Que me gusta trabajar ayudando a otros, poder salir un rato de casa, interactuar con personas de forma pacífica, alegre y segura.
  2. Que lo que más he disfrutado en la vida es trabajar con niños, aunque hice mi doctorado con personas mayores.

Un día, mientras estaba de viaje en NY me hicieron una llamadita de una escuela cristiana para ofrecerme un puesto como psicóloga educativa y dije que sí.

Empecé mis labores en este pequeño faro de luz en noviembre de 2021. Era un puesto para licenciados, usualmente recién graduados por el salario que pagaban. Pero se requería cierta experiencia para abordar la gran diversidad y complejidad de problemas psicoeducativos que afrontaban los niños que pasaron meses recibiendo lecciones virtuales encerrados en sus casas con sus familias. Entonces, acepté un puesto que no pagaría mi doctorado, pero que prometía devolverme a lo que amo: la ternura de la humanidad en su máximo esplendor; es decir, la ternura de la niñez.

En estos tres años, en esa escuelita, he enfrentado muchos más retos profesionales que en toda mi carrera, y he tenido que estudiar, investigar, esforzarme y responder de maneras muy creativas a estas situaciones. Los siguientes temas han sido recurrentes en mi trabajo:

Sentido de vida y fe: He atendido un alto porcentaje de niños con ansiedad y depresión, que han manifestado su deseo de morir; he tenido que dar tales noticias a sus padres y recibir de vuelta todo tipo de reacciones violentas de negación y ataques culpabilizantes: "Eso no es cierto; los psicólogos no saben nada; usted debió hacer esto o aquello...", para luego irse calmando y aceptar la referencia a profesionales en medicina, psiquiatría o psicología clínica que pudieran dar apoyo de emergencia. Y por supuesto, estos casos demandaron mucho trabajo espiritual en relación con el desarrollo de un sentido de vida y fe; así que el acompañamiento en la escuala para estos niños debía estar cargado de mucho amor y mensajes coherentes entre la fe cristiana y la conducta solidaria en la cotidianidad. Después de estos esfuerzos, he visto a estos niños mejorar, levantarse, y alegrarse en su cotidianidad de nuevo.

Seguridad en lo social: He atendido también a muchos niños con sed de atención y protección, niños que prefieren encerrarse en cuatro paredes de una oficina con tal de estar acompañados de un adulto protector que salir a jugar al patio de la escuela; niños que tienen miedo de enfrentar, confrontar, equivocarse o ser criticados; son niños que creen que requieren de la estructura inflexible del mundo adulto para hacer las cosas bien. He aprendido a recibir a estos niños y jugar, jugar y jugar, modelando la infinita flexibilidad creativa que les ha sido otorgada y la multiplicidad de posibilidades en los juegos de roles que escojan; en donde no hay una única forma buena de hacer las cosas, sino muchas, y en donde cada quien puede escoger que rol desempeñará en el juego y eso está bien. Dios nos hizo a todos distintos y así, como cada uno es, está bien; respetar esa gran diversidad está bien.

Organización, concentración y logro: He visto también muchísimos niños que nos saben en qué concentrarse, a cuál de todas las informaciones atender, cómo organizarse para aprender. Papá y mamá no son pedagogos, en casa ayudaron a los niños a seguir sus estudios virtuales, sin conocimiento alguno de mnemotécnicas, estrategias de aprendizaje, balance en la rutina, etc. Un momento para sentarse con ellos y dar instrucciones individuales: Sacar primero el cuaderno y el lápiz, sentarse bien, mirar hacia el frente, ¿cuál es la instrucción? (hacerse preguntas), una vez claro el objetivo avanzar hasta alcanzarlo, concentrarse, concentrarse, concentrarse (aunque a veces requiera un recordatorio del profesor para retomar). Una actividad académica bien terminada alegra el corazón de un niño. La sensación de logro ayuda a los niños a sentirse en control de sus vidas. Enseñar valores de disciplina y esfuerzo en estrategias para el aprendizaje (en cualquier campo), eso también es alimento positivo a la fe.

Autorregulación: Muchos niños no logran discriminar los niveles adecuados en su volúmen de voz, amplitud del movimiento propio en el espacio disponible, velocidad, precisión y fuerza en la competencia y en la colaboración; es más, muchas veces no logran discriminar cuándo se espera de ellos que compitan y cuándo se espera que colaboren. Para esto, la estrategia que más me ha servido es la aplicación de juegos rítmicos: Volver a cantar rondas, cantos con las manos, bailes sincronizados, etc. Y a la par de estos juegos, me ha ayudado mi preciosa compañera Mía: una hámster hembra, que en mi oficina enseña a los niños a regular sus impulsos con tal de poder levantarla en sus manos y disfrutar su ternura. Así como tratamos a Mía tratamos a los demás, porque somos criaturas vulnerables y todos necesitamos amor. 

Supongo que muchos otros temas que he trabajado valdría la pena mencionar aquí; pero estos cuatro se repiten una y otra vez, caso tras caso; y pensé que quizás algunos que también trabajen con niños querrían reflexionar en ello. 

Al regresar a las escuelas los niños necesitaban sentirse seguros, había que construirles un lugar seguro.

Trabajando con los niños no hubo más remedio que definir claramente cuál es el lugar seguro que prefiero y, por supuesto, no encontré mejor respuesta que esta: mi lugar seguro es, definitivamente, la fe: Fe en Dios, fe en la propia capacidad de regulación, fe en las propias habilidades de interacción, fe en el sentido bueno y positivo de la vida y de todo lo que pueda ocurrir en ella.


viernes, 23 de abril de 2021

En Busca de Un Lugar Seguro

El 2020 cuestionó un poco la garantía de seguridad en el entorno. Veamos un poquito de teoría sobre el estrés, antes de crearnos un nuevo lugar seguro para seguir caminando:

Cuando las personas están ante una situación adversa (ya sea una situación adversa en el momento presente, o recordando una situación adversa del pasado); la amígdala cerebral se activa con todos sus mecanismos de defensa y protección.

Nuestro organismo no cuenta con mecanismos de protección diferentes para cada tipo de emergencia. Nuestro cuerpo y nuestra mente no saben diferenciar entre emergencias presentes y emergencias pasadas que se recuerdan,  ni entre los riesgos materiales o las percepciones cognitivas de riesgo, ni tampoco entre peligros físicos o emocionales; así que; cuando se activa la alarma corporal, todas las defensas se activan por igual. Veamos:

En la adversidad, el corazón late más rápido y se respira a más velocidad y de manera entrecortada para proveer oxígeno al cuerpo, se dilatan las pupilas de los ojos para aumentar el rango de visión, se produce lactato en los músculos para reaccionar con rapidez, se libera adrenalina para reaccionar con valentía y fuerza, se contraen los vasos capilares de la piel para que la sangre se dirija hacia los músculos y les provea de oxígeno, se paraliza la digestión para que la energía y recursos del cuerpo sean usados en resolver la emergencia y, así como estos, hay otros muchos mecanismos que ayudaran a provocar una reacción veloz que se enfoque de manera prioritaria y exclusiva en estar a salvo.

Todas estas reacciones son automáticas e instintivas, y no pasan por el lenguaje, es decir, no se piensan, ni se planifican; ¡no hay tiempo de analizar!, ¡hay que sobrevivir! Veamos cuatro casos diferentes de supervivencia:

1.       Hay situaciones adversas que se viven una sola vez, el organismo activa sus defensas para resolverlas, y tan pronto se está fuera de peligro, el organismo logra relajarse y volver a su nivel de activación normal.  Este es el caso de una persona que cruza la calle, ve venir un automóvil, y acelera su paso o corre para llegar a la acera y ponerse a salvo. Llega a la acera jadeando un poco, pero unos metros después de su caminata ya se encuentra tranquila otra vez.

 

2.       Hay situaciones adversas que se viven una sola vez pero son muy intensas y dolorosas. Ante estas el cuerpo vive la experiencia y reacciona automáticamente para sobrevivir, y como no se pensó nada, ni hubo tiempo para explicar lo que pasó, el registro de memoria que queda no es algo que se pueda relatar fácilmente, sino que se graban sensaciones, emociones y reacciones que no son procesadas cognitivamente y que vuelven a aparecer en otras ocasiones con estímulos similares, por falta de una significación adecuada. Es decir, si ocurre algo que se parece a la experiencia dolorosa, aunque no haya riesgo real, se vuelven a sentir las mismas reacciones corporales y emocionales, sin que la persona sea consciente de por qué le sucede esto. Tal sería el caso de una persona que fue atacada al ir caminando por la calle, y que en ese momento reaccionó para sobrevivir y lo logró, a pesar de los daños, pérdidas y heridas sufridas; más adelante, cuando pasa cerca de aquel lugar o de uno similar, aunque vaya en automóvil, o acompañada y segura, esa persa empieza a sudar, se asusta, se pone ansiosa, tiembla, se le entrecorta la respiración o le da taquicardia, y ella no sabe explicar por qué. Racional y cognitivamente, ella sabe que está protegida, pero su organismo activa los mecanismos de defensa de forma automática. El organismo se está asegurando de sobrevivir.

 

3.       Hay momentos de emergencia que no son tan agudos, que pasan pronto y que permiten que el organismo vuelva a su nivel de energía regular, pero luego se repiten; a algunas personas les sucede que hay peligros que permanecen  en su entorno y les demandan niveles de sobreactivación de manera repetitiva que con el tiempo se tornan desgastantes. Tal es el caso de las personas que viven en un hogar disfuncional en donde se experimentan agresiones frecuentes y ciclos de violencia recurrentes, o aquellos que sufren bullying (acoso y agresiones en la escuela) o mobbing (acoso y agresiones en su trabajo), sin tener la posibilidad de cambiar de ambiente o recibir protección, y deben pasar meses o años sobreviviendo a esta situación. Para estas personas que durante largos períodos de tiempo se encuentran en situación de alarma, el desagaste del organismo es tal que pueden desarrollar en depresiones, síndrome de burnout (o agotamiento) y trastornos de ansiedad o afectivos diversos, adicciones, entre otros. En estos casos, no hay que olvidar que todos estos diagnósticos van a la par de una historia de trauma que debe tratada, incluso, una historia de trauma complejo.

 

4.       En otros casos, aunque ya no se viva la situación adversa, los recuerdos permanecen muy presentes, y hacen que las personas experimenten una sobreactivación crónica. Me refiero a quien conscientemente recuerda las situaciones dolorosas vividas, y las revive una y otra vez: Las piensa, las relata y se enfoca más en ellas que en su presente “seguro”. Tal es el caso de quienes piensan una y otra vez en los abusos que sufrieron en la infancia a pesar de vivir en condiciones presentes “seguras” y afectivamente sanas; igual les pasa a quienes llegan a casa a recordar todos los obstáculos y problemas del trabajo sin poder soltarlos de su pensamiento para disfrutar de las bendiciones de su tiempo libre. Incluso hay quienes anticipan el dolor y lo viven como si fuera real; por ejemplo, quienes piensan en el dolor que sentirán en el futuro cuando alguno de sus ancestros fallezca, y los lloran de manera anticipada, sin que haya ninguna enfermedad o situación de riesgo presente. El pensamiento sobre situaciones adversas pasadas o presentes, activa las respuestas de supervivencia, de la misma manera que en los casos anteriores. Debo aclarar, que este caso también es común en personas con una historia de experiencias adversas; la diferencia con el caso del punto 2, es que la activación de defensa no se da de manera automática o inconsciente a partir de estímulos externos, sino que ocurre por el pensamiento de la persona: el recuerdo consciente que sí pasa por el lenguaje. Es decir, la persona elije pensar en ello. ¿Y por qué una persona elige pensar en algo doloroso? Puede ser que su organismo se ha hecho dependiente de ciertas sustancias químicas que se producen en la tristeza y que se requiera aprender a disfrutar la intensidad de emociones positivas (es decir, que se necesita entrenar al cuerpo y a la mente para enfocarse en lo que le hace sentir bien); o puede ser que la intensidad de ese dolor disimule otro dolor en el que no se quiere pensar y entonces se requiera un proceso de terapia para resolver eso que está oculto; o puede ser que una crisis emocional autoprovocada sea un mecanismo inconsciente o una oportunidad para resolver memorias implícitas que necesitan ser resignificadas.  Las explicaciones pueden variar tanto como teorías de la psicología se refieran a este tema, porque cada teoría tiende a abordar una arista diferente del tema.

 

Lo cierto es que en el momento en que se enfrenta la experiencia adversa (en el entorno físico, en el pensamiento o en recuerdo), las reacciones físicas que se explican arriba aparecen para responder con velocidad; y si esta activación es frecuente, crónica o muy aguda, puede desgastar o dañar las funciones del organismo.

Por otro lado, las reacciones conductuales que devienen de esta activación pueden ser tres:

1.       Lucha: La persona usa sus mecanismos de defensa para pelear por su bienestar: ataca o se defiende.

2.       Huída: La persona corre para ponerse a salvo, busca un refugio, pide ayuda.

3.       Parálisis: La persona se inmoviliza, no sabe ni qué decir, ni qué hacer, no se defiende ni huye; como el animal que se queda quieto, casi muerto, hasta que el “enemigo” sienta que no vale la pena atacarle y se aleje.

Una persona emocionalmente sana, con una historia de vida favorecedora, con un organismo saludable, y que se encuentre ante una situación adversa “manejable”, sabrá discriminar cuándo luchar, cuánto y cómo, o cuándo huir y cómo encontrar un lugar seguro, si es que existen los recursos disponibles en el entorno; es decir, esta persona podrá regular su propio nivel de activación y encontrar recursos internos y externos para protegerse.

Pero cuando la experiencia adversa es demasiado intensa y dolorosa, o cuando es crónica, cuando no hay recursos de protección en el entorno, o cuando la persona tiene una historia de trauma o experiencia adversas que no han sido adecuadamente resignificadas y no cuenta con recursos internos de autorregulación; entonces, será más probable ver reacciones de hiperactivación (por ejemplo, violencia) o hipoactivación (parálisis).

Y ¿hasta cuándo prevalecerán las emociones de enojo, miedo o desesperanza y las conductas violentas o la indefensión? Pues hasta que el organismo perciba que se encuentra en un lugar seguro (en una situación agradable y feliz).

(Este tema continuará en las siguientes publicaciones).

domingo, 9 de agosto de 2020

Mirarse el Ombligo y Hablar de Ello

Mis profesores de psicología decían que era sano sacar tiempo para mirarse el ombligo; entiéndase por ello que es bueno dedicarse a reconocer lo que ocurre dentro del propio ser para aceptarse y amarse.

Este tiempo de cuarentena ayuda en ese sentido, y yo he descubierto algunas cosas de mí que antes no había podido analizar.

Yo sí me había dedicado a pensar en cómo soy por dentro, pero no había considerado algunas cosas sobre cómo me ven desde afuera.

Hoy alguien tomó unas fotos en mi jardín de las plantas silvestres que yo he dejado crecer, a pesar de que mi jardinero fiel preferiría quitarlas. En mi jardín hay tréboles, tigridias pavonias, una mora y otras plantas que brotaron solas y yo ni sé qué son, pero se veían bonitas. También hay plantas de vivero: cintillas, triquitraques, tortuguitas, sábila, lirios, un geranio pequeñito, romera, menta y más. 

Cuando vi a esta persona tomar fotos de mi extraño jardín, finalmente me pregunté, ¿qué será lo que esta persona puede ver de mí, aquí? ¡Y lo vi!, ¡me vi desde afuera y me alegré mucho!, me di cuenta que de que las personas ven alguna cosas de mí, y también vi que hay muchas que no se ven.

Entonces, por supuesto, tuve que pensar en cómo soy y cómo podría explicarlo mejor a una persona que verdaderamente quisiera conocerme. Luego, decidí compartirlo aquí, por si ustedes quieren saber cómo una persona como yo se las arregla para hacerse entender.

Supongo que la mayoría de mis lectores concuerdan en que hacerse entender no es sencillo. Así que verse desde afuera (como me vería el otro), y compararse con como uno se ve por dentro, puede ayudar a construir una imagen más clara de uno mismo y comunicarla mejor.

Después de ese ejercicio, esto fue lo que yo concluí:

  1. Yo soy extraña, en mi país dicen "rara", y mi abuelita me dice “excéntrica”.
  2. Yo soy cristiana y en vez de ir a una iglesia grande y hermosa, voy a una sencillita, pero llena de buenos corazones y buenas enseñanzas bíblicas. Para mí el cristianismo en practicar el amor, la gracia, el perdón, la compasión, el respeto y la inclusión; y así tiende a ser la gente con la que me congrego.
  3. Yo soy psicóloga (científica basada en evidencias), educadora, artista sin formación formal y estudiante de un programa de sanidad espiritual. Es decir que creo en el método científico, la creatividad para vivir y expresarse de forma diversa y la fe.
  4. Yo no consumo ningún tipo de drogas. Ni naturales ni químicas. Hace muchísimos años, siendo nuy joven e ingenua, probé una vez el tabaco y dos veces la marihuana, tal como muchos adolescentes a los que les llegan estas ofertas sin buscarlas. Por dicha el cielo me ayudó, y no me gustaron los resultados sociales ni los físicos de estas matitas, así que no las consumo en ninguna de sus presentaciones. Ni consumo ninguna "planta de poder" de esas que otras personas usan para “elevar su consciencia”, yo no creo que se necesiten. No consumo café, y muy muy eventualmente una copita de vino, pero casi nunca, porque ambas sustancias (la cafeína y el alcohol) me producen migraña.       Lo que sí consumo son las medicinas que me prescribe mi doctora (yo sí creo en la medicina científica occidental), o tés de hierbas como la manzanilla, el romero y la menta. Hago oleatos de cúrcuma y otras especias, y los uso como medicina natural. Pero como apenas estoy aprendiendo a administrar recursos tan naturales, a veces hago de más y se ponen malos, y no sé cómo desecharlos porque no se debe echar aceite en el desagüe para no contaminar el mar. Entonces, a veces mantengo los frascos en la alacena mientras logro cavar un hoyo en la tierra para desecharlos allí. Después de este ejercicio pensé que si alguien abriera mi alacena y no sabe qué son esas botellas, se podría asustar; en realidad son sólo el producto de mi mala administración y mis buenas intenciones ecológicas. 
  5. Yo no hago brujerías, hechizos, encantamientos, envíos psíquicos, amarres ni ninguna de esas cosas feas en contra del libre albedrío de los demás, sea que sirvan o no en la vida real. Para mí, el respeto a la libre decisión de los otros es un valor fundamental y un principio universal que no debe ser quebrantado. Pensé que esto hay que decirlo inmediatamente después de decir la frase “sanidad espiritual”, porque quizás hay otros que se interesan en lo espiritual de una manera muy diferente a mí, y yo quiero que se reconozca claramente qué es lo que yo hago.   Para explicarme bien, lo que yo hago es orar por las personas e imponer manos como dice La Biblia, y facilitar sanaciones con el poder y el amor de Jesús, y he aprendido muchas técnicas de oración, meditación y sanación que aplico solo con quien me lo pide. Todo lo que hago es ser facilitadora, o como dice La Biblia: “un vaso”, porque yo no soy la que sano, yo pido siempre la intervención del Padre Celestial, el Hijo, y el Espíritu Santo y de Dios proviene el poder y la ayuda necesaria para la sanidad. También uso imanes, flores de Bach, aceites esenciales y algunas técnicas de la medicina tradicional china, porque son buenas y he visto que funcionan.  Y al igual que yo, hay otras muchas personas que sanan, con diferentes credos y conectados al mismo Dios Creador y Fuente de Vida y la Gracia de Cristo que sana a través del perdón. Una persona que se dedica a la sanidad espiritual, trabaja desde el amor, la gracia y el perdón.
    1. Yo soy ingenua, hay quienes lo apuntan con amor y ha habido quienes me acusan de serlo (es decir que lo critican). Mi ingenuidad es creer que todos podemos estar juntos, sin que yo logre preveer algunas diferencias que generan tensiones, o a veces, incluso, algunas malas intenciones. A pesar de las críticas, yo que la ingenuidad puede ser mejor que la malicia que no permite que las personas se ayuden unas a otras, porque aunque me meta en enredos a veces (antes más que ahora), yo creo que todas las personas deberían tener la oportunidad de demostrar su bondad y dar testimonio de su resiliencia para animar a otros; al fin y al cabo, todos actuamos a veces bien y a veces mal a lo largo de nuestras vidas, y yo misma me he equivocado mucho; pero por lo mismo he aprendido mucho, sobre todo a perdonar. Dos de mis grandes aprendizajes han sido: (a) Que vivir una vida transparente ante tu red de apoyo social te libra de vínculos malintencionados. (b) Que las personas tienen que ganarse tu confianza antes de dejarlas ser parte de tu círculo de acción más cercano. Aun así me toca cuidarme, porque a veces se me olvida la segunda lección y alguien me hace carambolas (quizás hable de esto en el futuro).
  6. Con frecuencia soy callada, seria, solitaria e introvertida; desde niña me llamaban huraña. Me gusta mucho más hacer arte o acostarme temprano que ir a una fiesta; o también prefiero tomarme un té con un par de personas con las que pueda conversar más personalmente. En lo social, entonces, prefiero las relaciones uno a uno. En una clase formal, en cambio, soy extrovertida y participativa, porque me gusta analizar en grupo situaciones de la vida cotidiana, sólo por el ejercicio mental que implica. Esas dos características confunden a una persona que me conoce poco pero en ambos tipos de ambientes, quizás porque se espera que una persona sea extrovertida o introvertida, pero no ambas cosas dependiendo del ambiente o circunstancia.
  7. Soy tierna, dulce, suave y pequeñita; al mismo tiempo, soy decidida, de voluntad fuerte, firme y defensora de lo que creo que es"justo".  Con frecuencia la gente que me ve pequeñita y dulce cree que soy vulnerable y comienzan a decirme cómo vivir o qué hacer, y cuando pongo límites y sienten mi fuerza se confunden o resienten. No he aprendido cómo balancear mis demostraciones de complacencia y ternura con las de autodeterminación y fuerza. Es algo en lo que tengo que pensar con cuidado cada día y aún no me sale bien.
  8. Soy directa para decir mis opiniones verdaderas y soy muy puntual y formal. Pero vivo en una cultura en la que se acostumbra decir todo con adornos o no decir nada para pretender estar de acuerdo, y en esta cultura todo el mundo fluye a su ritmo y llega tarde. En eso, tampoco encajo. Yo hago un esfuerzo continuo para decir mis verdades con suavidad pero casi siempre me salen afirmaciones directas y agudas; y entiendo que todos tenemos verdades diversas, yo puedo respetar opiniones distintas; lo que no logro hacer es decir que opino algo diferente a mi verdad. Quizás, simplemente, no hace falta decir lo que se cree, pero aún no estoy segura de esto, lo estoy considerando desde hace años, pero como no lo he definido, a veces me siento ansiosa después de hablar. Me gustaría saber, cuándo conviene decir algo y cuándo no. Estoy segura que a muchos de ustedes también.
  9. Me gusta mucho meditar y orar, usar inciensos, prender candelas o mi sahumador con aromas bonitos para Dios, como los incensarios de las iglesias (pero en mi casita) y ahí sí uso hojitas de menta o de tomillo, o aceititos esenciales, se lo dedico a Dios como le dedico mi casa ordenada y limpia, mientras le canto alabanzas en español, en Nahuatl o en alguna lengua ancestral, siempre y cuando el canto le dé gracias a Dios por su creación. 
  10. Me he interesado en aprender algunas cosas de la cultura Huetar. Sobre todo las cosas que se refieren a la conexión y cuidado de la naturaleza.  Lo hago poruqe mi bisabuelo era Huetar, y yo creo que hay que saber de dónde venimos. Con frecuencia me pueden ver sentada bajo un árbol o incluso abrazándolo con amor porque pienso que la naturaleza necesita que la bendigamos, o me verán subida en una roca viendo hacia el cielo y acordándome que la Biblia dice que el Espíritu Santo estaba en viento suave y apacible, y hasta me verán hablando con las plantas, los animales o los insectos, como en la Biblia Aquél que es Bueno hablón con la higuera y con el mar; me verán feliz, observando las formas de las nubes, y dando ¡gracias, gracias, gracias...!

Bien, ahora que lo escribí y compartí, me siento como si hubiera tomado una foto de mí, y como que soy más capaz de darme a conocer más claramente, a pesar de mis extrañezas, para construir mejores relaciones.  Lo que esperaría de todo mi corazón, es que quienes me quieran conocer, se sepan siempre aceptos,  bienvenidos y seguros, a pesar de mis particularidades o las suyas.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Ego y Autoestima

Muchos credos religiosos señalan la importancia de disminuir nuestro interés en el propio ser: que el ego no sea lo que gobierne nuestros actos, que podamos sabernos parte de un todo y conectarnos con la Fuente Divina. Que la Divinidad crezca en nosotros y nuestro ego mengüe. Pero creo que, de muchas maneras, se malinterpreta con frecuencia este consejo.
Por alguna razón, molesta mucho a las demás personas cuando alguien se autoproclama buena para algo. “¡Es una persona con mucho ego!”, le dirán, o “¡qué creída!”, en palabras ticas.
¿Y qué tal si no es así? ¿Qué tal si esa persona simplemente está haciendo un reconocimiento fidedigno de quién es? ¿Qué tal si ese reconocimiento es válido y necesario? ¿Qué tal si quien se incomoda es quien necesita valorar sus propias virtudes en relación con este hermoso autodescubrimiento de su prójimo?
Todos somos parte de un engranaje, y si la tuerca proclama que tiene un círculo hermoso en su centro, el tornillo, en vez de molestarse, podría ver que tal afirmación sólo asegura que la forma de su propio cuerpo es hermosamente circular y con calados que permiten a la tuerca encajarse en él para cumplir con su función sin vacilar; de igual manera, las otras tuercas del engranaje podrían decir: “¡es cierto, qué bellas que somos las tuercas, qué hermosos que son los tornillos!”.
Y entiendo que es más fácil tolerar las autoproclamas para el fortalecimiento de la autoestima cuando no llevan ninguna comparación implicada; pero, ¡qué bueno que quien ganó la competencia se atrevió a decir en voz alta “yo soy mejor” porque quería un aplauso (una forma de abrazo grupal)!, ¡qué dicha que quien tuvo una visión hermosa en sus meditaciones, se atrevió a decirla porque, al fin, encontró en usted alguien que le podía comprender y valorar! 
No deberían entristecernos sus triunfos, ni siquiera cuando se muestran en forma de autoalabanza y se proclaman superiores a nosotros en algo; simplemente deberían recordarnos que todas las personas somos especialmente buenas para algo, mejores que el prójimo en algo, para que así nos complementemos; y que todas las personas necesitamos reconocimiento público a veces.
Una autoalabanza es siempre una pregunta que no ha sido planteada de la manera más diplomática, pero que se puede traducir así: “¿verdad que lo estoy haciendo bien?, ¿crees que soy importante en este engranaje que formamos juntos?”. Y, entonces, lo que debería venir de nosotros es algo como: “Eres una personas maravillosa, mucho mejor que yo en esto, estoy aprendiendo de ti, me estás complementando”. Deberían venir los aplausos y los abrazos con una sana actitud que reconoce que todos somos especialmente buenos para alguna tarea.
Y sí, hay personas que con mucha frecuencia se alaban, y pasan las líneas socialmente aceptadas, y se dicen a sí mismas “soy genial”, “mi coeficiente intelectual es muy superior”, “mi misión espiritual en este mundo es superior a la de todos”, “incluso Dios me prefiere”, “mis logros deben ser premiados con un trato preferencial”.
A estas personas les llamamos “ególatras” y quizás les tememos porque no queremos que su exigido trato preferencial nos desplace. Pero, a mi juicio, estas son sólo las personas que necesitan más del abrazo colectivo porque se sienten carentes.
Si a estas personas les puedo aplaudir o no, no lo sé; a veces sí, a veces no: Si aplaudirle significa cederle lo que yo he ganado por mis méritos, entonces es posible que no lo haga; ni tampoco aplaudiría si con mi reconocimiento la persona quisiera darse el derecho de humillarme o humillar a otros; pero la verdad es que la mayoría del tiempo, aplaudirle no está mal, no me quita nada y a esa persona quizás le sirva, así que yo le aplaudiré cuando lo considere justo, cuando el logro señalado sea bueno.
La verdad es que este escrito no prentende generar consciencia sobre la egolatría y sus problemas, sino sobre la mezquindad de nuestros halagos a los demás. Hace dos párrafos ya señalé la causa: La mayoría de las veces que no aplaudimos cuando nos cuentan un triunfo o un gran descubrimiento personal, no lo hacemos porque tenemos miedo de que nos desplacen.
Si lo analizamos con más calma y desde otras perspectivas, la mayoría de las veces que una persona se alabó, no estaba pidiendo un trato preferencial, estaba pidiendo el abrazo grupal que ofrece el aplauso, estaba pidiendo ser reconocida (como todos lo necesitamos a veces); o quizás hasta tenía una motivación generosa, quizás estaba diciendo cómo fue que lo logró para que otros experimentaran su propia satisfacción; porque hay personas que genuinamente quieren compartirlo todo.
Pero el prejuicio nos invade. Por la historia humana hemos aprendido, que cuando una persona empieza a ser reconocida con frecuencia, y obtiene tratos preferenciales, muchas veces, otros son desplazados y sufren. Nuestro miedo de que esto vuelva a ocurrir desencadena una reacción de pensamientos automáticos inmediatos: “Oh no, ¡evitemos que se levante el ego; hagamos algo para corregir la actitud de esta persona, aquí, todos somos iguales!” Inmediatamente emitimos una voz o un acto que comunica claramente: “¡tú no eres especial!”
Pero ¡alto!, ¡qué mentira tan cruel!, porque en realidad, muchísimas veces lo que nuestro prójimo había dicho o hecho sí era muy especial, sí era digno de valoración y, peor aún, su alma sí estaba necesitando que se le validara para fortalecerse un poco; porque del fortalecimiento del ego y la autoestima viene la fuerza para hacer grandes obras.
Pensémoslo bien, la verdad es que no aplaudimos porque nosotros tenemos la misma necesidad; en el fondo estamos diciendo: “Por favor, reconozcan que también yo soy importante, que lo que yo hago también es especial; que todos somos especiales”.
Hoy, les voy a confesar algo: En estos días he visto que yo soy ambas personas: Yo soy la que cuento rápidamente mis logros, la que quiere compartir lo aprendido para que otros también puedan intentarlo y sentir la satisfacción de un triunfo, o la que quiere que le abracen con aplausos sólo para sentirse capaz de seguir un poco más allá. Y yo soy la que me incomodo cuando otro se alaba mucho y la que tengo que pellizcarme para decirle: “¡claro que sí, lo hiciste muy bien, me ayudaste mucho y sos muy importante en mi vida!”. Y he visto que esto lo hago con mucho esfuerzo, cuando en el fondo yo he estado trabajando igual o más que esa persona, pero mis logros en ese campo no se notan tanto. Y los logros que yo sí tengo no los aplauden con tanta frecuencia en este mundo, y si los proclamo y no me aplauden, yo me entristezco y no sé si vale la pena seguir por el camino que escogí.
Yo soy todos los personajes de este escrito, sufriendo por el mismo problema del que padecemos todos: La mezquindad en el reconocimiento de los triunfos ajenos.
Hoy les hago una propuesta no tan humilde, con la esperanza de que los seguidores del desapego no me critiquen demasiado y lean amorosamente mis intenciones: ¿Qué tal si en vez de matar al ego por el deseo de que todos seamos iguales; mejor nos elevamos todos y somos todos igualmente grandes?
¿Qué tal si todos nos atrevemos a proclamar nuestros propios logros y nos disponemos a recibir los abrazos de las almas sanas (aunque vengan desprecios de los que no tienen tan alta autoestima)? Es que la satisfacción del reconocimiento por los logros nos va impulsando a más, y los desprecios se pueden ignorar cuando se comprende su causa. Entonces mi propuesta es que no seamos tan tímidos, porque cuando alguien cuenta cómo llegó a la meta todos aprendemos.
¿Y qué tal si empezamos a reconocer cada pequeño logro de nuestro prójimo? ¿Qué tal si aplaudimos las autoalabanzas? ¿Qué tal si dejamos atrás el miedo de decirle a alguien “sos grande, te admiro, lo que has hecho nadie más lo podría hacer”? ¿Qué tal si hasta lo practicamos diariamente a solas, como el que repite un trabalenguas para que le salga más fluido cada vez? En nuestra soledad, visualicemos a la persona que suele alabarse y nos incomoda y digámosle: “Sos grande, lo que lográs es increíblemente especial, gracias por compartirlo”.  Hagámoslo incluso si esa persona no suele reconocer nuestro valor personao o el de nuestros esfuerzos. Si lo hacemos, cuando veamos a esta persona de nuevo será más fácil conectarnos con ella sin temerle, reconocer sus logros y ayudar a su autoestima.
Y el reconocimiento positivo de los demás va a derivar en un resultado maravilloso e inevitable: El reconocimiento positivo del yo.
Todos tenemos algo especial, todos hacemos algo maravillosamente único, con calidades que nadie más puede lograr. Si yo parto de esa premisa y la reconozco en el prójimo, entonces la valido en mí.
Cuando empecemos a ver a la humanidad de esta manera, entonces, el ego estará cumpliendo su función, ser una parte maravillosa de un gran engranaje maravilloso que se ama a sí mismo y que ama al Todo en el universo. Cuando eduquemos a nuestros hijos e hijas con la correcta actitud hacia los logros del ego (el propio, el ajeno y el unificado), entonces les estaremos permitiendo impulsarse alto, con el verdadero reconocimiento de que no están volando solos ni por tiempo limitado.
Una última idea, para los cristianos que, como yo, fueron enseñados en la humildad y la actitud de adoración a Dios: Sí, todo lo bueno que logramos viene de Dios, y la gloria debe ser para esa maravillosa Fuente Divina. Entonces, recordemos que ese prójimo maravilloso que hace cosas maravillosas y las cuenta, viene del Dios maravilloso en el que creemos, y al menos aplaudamos con una frase sencilla ante sus autoalabanzas: “¡Te admiro, de verdad que Dios te ha dotado de dones únicos, gracias por compartirlos conmigo”. Valorar al prójimo y valorar al propio ser es parte de reconocer la gran obra de Dios.
“Descubrí que soy hija de la Divinidad” dijo una mujer, y su amiga le contestó con un aplauso alegre por su descubrimiento: “¡Claro!, todos venimos la Divinidad!

Reflexiones de María Antonieta Campos Badilla
15 de diciembre de 2019
                

lunes, 25 de noviembre de 2019

Entre la Psicología y las Terapias Energéticas y Espirituales

Hoy quiero contrastar las diferencias entre la naturaleza de la psicoterapia con la naturaleza de las terapias energéticas y la de las terapias espirituales. Estas tres formas de atención terapéutica tienen objetivos diferentes y cuando las personas que las buscan no tienen claro esos objetivos pueden verse limitadas en los alcances de sus procesos de sanación.

De manera sencilla, puede decirse que:


  1. Contamos con la psicoterapia para trabajar la conducta, las emociones, los pensamientos y la historia 
  2. Acudimos a terapias energéticas para promover el equilibrio energético y su bienestar físico e integral.
  3. Y disponemos de las terapias espirituales para sanar el sentido de vida y trascendencia desde la conexión con Dios y con el amor.


Ahora veamos con más detalle qué se hace con cada una de ellas:

En su definición más simple, la psicología es la ciencia que estudia los procesos mentales, las sensaciones, las percepciones y el comportamiento del ser humano, en relación con todo aquello que le rodea. Y la psicoterapia es una de las aplicaciones de la psicología, que tiende a desarrollarse a través de conversaciones o actividades, en donde se planean preguntas estratégias para que las personas atendidas sanen sus pensamientos, emociones y conductas sobre lo que les ocurre actualmente o sobre lo que ha ocurrido en su historia de vida.

En otras palabras, los profesionales en psicología lanzan las preguntas fundamentales sobre cómo percibimos, cómo interpretamos y cómo explicamos lo que ocurre tanto adentro como afuera de nosotros, y también sobre las reacciones emocionales y conductuales que tenemos cada vez que hacemos este procesamiento mental. Luego nos preguntan la funcionalidad de estas reacciones en nuestras vidas, ¿cuál ha sido el resultado de ellas? y si ¿nos han beneficiado o no? Y también hacen preguntas sobre el impacto de nuestras conductas sobre el medio que nos rodea, ¿qué tan positiva es nuestra relación con nuestro medio?

Después de hacer las preguntas, los científicos de la psicología plantean las posibles explicaciones (hacen hipótesis) y verifican con métodos científicos la veracidad de las mismas. Si estos psicólogos son teóricos o académicos probablemente escribirán estas explicaciones genéricas en forma de teorías; y estas explicaciones constituirán los diferentes paradigmas que explican el funcionamiento psicológico de las personas en situaciones semejantes. Con esto se enriquece el bagaje de información universal sobre la psique humana.

Pero si hablamos profesionales que se dedican a la psicoterapia, estos se reservarán muchas de sus interpretaciones y, en vez de decirle a usted “por qué se encuentra en su condición actual” y “qué debe hacer”, se basarán en las teorías psicológicas para hacerle a usted preguntas que le ayuden a llegar a sus propias conclusiones. Este es un proceso de cambio más lento pero más profundo que el de un espacio de consejería porque no le van a decir qué hacer, sino que le van a motivar a que usted tome decisiones sobre su propia vida. La lentitud de este proceso tiene una razón fundamental de ser: Las teorías explican lo que le pasa a una mayoría de personas en situaciones semejantes; pero no explican todos los detalles de una vida particular. La vida de cada persona es única y compleja, y merece se construída y desarrollada con libre albedrío y una fuerte convicción personal.

Ir al psicólogo no es igual que conversar con una buena amistad. Los consejos que dan las personas bondadosas pueden ser útiles y es por eso que hay quienes en una conversación amistosa resuelven algunas cosas; pero las explicaciones profundas de la propia historia a veces requieren más análisis, y hacer el esfuerzo de contestar a las preguntas de un psicoterapeuta puede ayudar a construir con mayor claridad la propia explicación de una experiencia compleja y, es sólo a partir de allí que pueden tomar decisiones para una mejoría permanente.

Los niños y niñas dicen, con frecuencia, que los(las) psicólogos(as) son personas que ayudan y hacen muchas preguntas. Y es cierto, su tarea es preguntar, pero no cualquier clase de preguntas; preguntas con fundamento científico y propósitos terapéuticos.

Las preguntas psicoterpéuticas, generalmente se enfocan en las experiencias pasadas (recientes o de mucho tiempo atrás) o en experiencias actuales que generan inquietud en las personas: Una experiencia que se tuvo en el pasado, y que fue interpretada de determinada manera, puede haber provocado una serie de decisiones y consecuencias que la llevaron a la condición de vida actual y a la forma en la que esta persona interpreta ahora su mundo.

Entonces, reinterpretar esas situaciones pasadas puede provocar un cambio positivo en el presente. Independientemente, de que el psicoterapeuta le pregunte sobre sus emociones o sus pensamientos, sobre su conducta o su voluntad, sobre su interpretación de la vida, sobre sus relaciones y la afectividad involucrada o sobre sus conductas y la funcionalidad de estas en su vida; la realidad es que siempre, en psicoterapia le estarán preguntando sobre algo de su historia de vida, con el propósito de entender y mejorar algo en su presente y con beneficios posibles para su futuro.

Yo soy psicóloga y todo esto lo he encontrado maravillosamente bueno para las personas; les he visto mejorar y satisfacerse mucho más en sus vidas a partir de estas comprensiones y cambios realizados con consciencia personal; les he visto salir de depresiones, superar ataques de pánico, controlar su estrés, resolver traumas pasados, desarrollar habilidades, fortalecer su autoestima, etc.

¿Cuál es la diferencia, entonces, entre esto llamado psicoterapia y otras terapias alternativas, energéticas o espirituales?

Como lo expuse al principio: es el “objeto de intervención” es distinto, o en palabras más sencillas: las razones y los objetivos de las terapias son diferentes.

Hablo con claro conocimiento porque así como estudié psicología y la practico desde hace 20 años, también he estudiado y trabajado con terapias energéticas y espirituales. 

Las terapias energéticas trabajan con las energías que fluyen y afectan el funcionamiento del cuerpo y las emociones. Estas terapias trabajan con la energía que fluye por los chacras de las personas y los meridianos que les alimentan; esos chacras y meridianos de los que se habla en oriente. Y como los chacras no se ven y es muy difícil medir estas energías, los científicos de occidente muestran mucho recelo sobre estas terapias. Pero cada vez es mayor la aceptación que hay acá sobre el trabajo energético-terapéutico, porque poco a poco se van documentando sus buenos resultados.

Así, son cada vez más las personas que van a terapias de acupuntura, biomagnetismo, digitopuntura, esencias florales, etc. Y si bien para el positivismo occidental hace falta más información basada en evidencias, la realidad es que ya se han documentado bastante y, además, quien se acueste en la camilla de un buen acupunturista notará que en menos de 15 minutos saldrá relajado, y son los mismos pacientes los que han ido dando fe de sus sanaciones.

Las terapias energéticas sanan el cuerpo, muchas veces por sí solas, otras veces en colaboración de otras terapias (médicas, farmacológicas, homeopáticas, fisioterapéuticas y de muchos tipos), y cada quien tiene dentro de sí una convicción muy poderosa sobre cuál es la combinación de terapias que le puede servir para los propósitos de su alma.

En cuanto a las emociones, he visto que las terapias energéticas ayudan a las personas a encontrar y definir rápidamente qué es lo que sienten y de dónde vienen esas emociones, y esto es una gran herramienta para encontrar información que combinada con una una terapia psicológica posterior pueda servir.

Y las terapias energéticas les proveen de un alivio emocional importante a las personas, las relajan muy bien cuando se aplican bien. Pero este alivio podría ser temporal si la persona no se da el tiempo para hacerse las preguntas importantes y resolverlas, y que las respuestas que encuentre le ayuden a desarrollar comprensiones de vida y a hacer cambios en sus patrones de pensamiento y actuación actuales. Es por esto que combinar estas terapias energéticas con un proceso de psicoterapia puede ser muy beneficioso para las personas que buscan cambios profundos y permanentes.

Por su lado, las terapias espirituales trabajan también con la energía, pero más con los principios universales que dan sentido a la existencia y a la espiritualidad. Entonces, estas terapias se centran en ayudar a las personas a encontrar respuestas al ¿por qué se vive?, ¿de dónde se viene?, ¿qué es la divinidad?, ¿cómo se manifiesta lo divino en lo material?, ¿qué de lo divino opera en las personas y cómo lo hace?, ¿cuál es el propósito divino de lo que se vive según la esencia divina que hay en cada ser?, y ¿cuáles son los principios divinos que pueden sostener la existencia en equilibrio sano?

Algunas terapias espirituales trabajan con la idea de que existen muchas vidas pasadas por resolver y otras sólo se enfocan en su experiencia de vida actual; pero todas estas terapias se centran en la importancia de trascender, a través del perdón y del amor, y volver a conectarse con lo Divino. ¿Quién perdona? Unos creen que un Dios externo, otros creen que un Dios interno y otros creen que el perdón debe pedirse y otorgarse a la vez (yo pienso que el perdón viene de todos los lados afectados y va hacia todos los lugares a los que tiene que ir). Lo cierto es, que no he visto mayor paz en las personas que la que tienen aquellas personas que logran perdonar y dejar ir; y más aún cuando logran perdonarse o recibir el perdón divino, según su fe. Yo aprendí esto del perdón de la mano de Jesús, sanando mi propia vida desde mi niñez; y lo bueno que he recibido de él es lo que yo puedo compartir.

El amor, la gracia, el perdón, el agradecimiento, la generosidad, la unión… estos son los principios que sanan al espíritu o esencia del ser; y cuando el espíritu está sano todo lo demás, poco a poco empieza a manifestar esta sanidad, incluso lo material. Entonces, si la espiritualidad es tan poderosa y toca lo eterno, ¿por qué acudir a terapias desde la psicología? Pues porque somos seres materiales, inmersos en un espacio y tiempo específicos, interactuando con otros en relaciones sociales, con múltiples voluntades, emociones y pensamientos involucrados y encadenados en patrones de conducta que repetimos una y otra vez, hasta que somos capaces de cuestionarnos, de hacernos las preguntas psicológicamente correctas, para comprender y cambiar.

La psicología de hecho, podría ayudarle a hacerse las preguntas que le permitan comprender su situación, reconocer y validar sus emociones y tomar decisiones de autoprotección que son muy necesarias antes de poder perdonar en una terapia espiritual. O podría ser al revés, que al haber perdonado y sanado algo del mundo espiritual, ahora usted quiera hacer una reconstrucción de su proyecto y estilo de vida, sobre todo de los hábitos que le podrían poner en riesgo de nuevas heridas; y para eso la psicología es lo más directo que hay.

De hecho las terapias se pueden combinar. Con la terapia energética y espiritual usted encuentra y define sus emociones fácilmente, y utiliza los principios universales para sanar a su espíritu y trascender a lo Divino; desde allí, según la fe, su ser eterno ha mejorado ampliamente y poco a poco eso se va a ir manifestando en lo material (algunas cosas en esta vida y algunas más allá); pero a su yo, a su ego, a su ser psicológico, al que tiene la voluntad, los pensamientos, las emociones y las conductas de su día a día actual, le ayuda de manera mucho más directa y clara la psicoterapia, esta le servirá muchísimo para ejecutar cambios para su beneficio en este momento y en este lugar. Para lo que se manifiesta en lo material la ciencia tiene su lugar.

He de decir que visto grandes científicos manifestando su desprecio hacia los beneficios de la fe, y he visto como estos se pierden de grandes alegrías; pero, tristemente, he visto muchos más creyentes de la espiritualidad haciendo grandes esfuerzos por sanar su vida solo desde lo espiritual y perdiéndose el gran beneficio de las ciencias que fueron diseñadas en el mundo material, para sanar lo material, y el beneficio de la psicología que nació y se desarrolló para sanar la voluntad, el pensar y el actuar. También lamento que la mayoría de terapeutas que conozco (científicos o creyentes), proclaman tener una única respuesta definitiva. La única verdad es que somos seres integrales, y sólo atendiéndolo todo vamos a recibir los beneficios de todo.

Me despido con este verso bíblico, por si alguien le sirve, igual que a mí:
Examinadlo todo; retened lo bueno.
Absteneos de toda especie de mal.
1 Tesalonicenses 5:21-22  (RVR1960)